miércoles, 12 de enero de 2011

REFLEXIONES

No más / Hernández (La Jornada 10-enero-2011)

El Tábano de Io
Año dos /N° 17/ Enero 2011

www.elteatrito.com
Una forma diferente de hacer y ver Teatro

Alternativa Social Independiente

Resistencia artística contra la hipocresía y el olvido



EDITORIAL


EDITORIAL

En este número del Tábano de Io queremos compartir documentos que al mismo tiempo que nos hacen reflexionar sobre nuestra situación y la del mundo logran que nos identifiquemos en temáticas tratadas y en diagnósticos compartidos.
Así, descubrimos nuestro lugar en el mundo junto a otros y otras. Junto a esos millones de seres que ya cuestionan este modo de vivir, producir y consumir llamado capitalismo. No deja de ser reconfortante sentirse acompañado en la resistencia a la insensatez con miles de otras resistencias. Hoy presentamos visiones y posturas de la lejana España, aquella que no representa a los Montejo.
Mientras Rosa Olivares (Krisis) se resiste a convertir tigres en corderos, Miguel Riera (El Viejo Topo) nos conmina a llamar a las cosas por su nombre cuando la corrupción ha devenido en crimen organizado institucionalmente. ¡Qué pudiéramos decir de nuestro México!
Con el cementerio nuclear El Ecologista nos obliga a mirarnos en el espejo dada las ambiciones mexicanas de disminuir los gases de efecto invernadero ¡con nucleares! Y Santiago Álvarez Cantalapiedra nos invita a pensar más allá del trabajo mercantil para reinterpretar viejas resistencias y abrir nuevos senderos para resistir.
Juan Ignacio Macua en La cultura privada nos describe cuán privados de cultura podemos encontrarnos de permitir los procesos privatizadores y mercantilizadores de la cultura parecidos a los que discurren en nuestro Estado con los Disneylandias culturales. Los ecologistas en acción por su parte invitan a reemplazar el “sálvese quien pueda”, utópico en materia ambiental y participar en la huelga general que en España tuvo la virtud de conjuntar a sindicatos y ecologistas cosa que en México parece hoy imposible.
Y el Secretario confederal de Medio Ambiente de CCOO Llorenç Serrano nos hace tener envidia (de la buena) cuando constatamos de qué manera los trabajadores sindicalizados en España y Europa asumen la problemática ambiental. Incluimos también en este número con una entrevista a Serge Latouche que esperamos aporte nuevos incentivos a un debate actual e imprescindible. Y terminamos con una breve visión sobre el teatro finlandés para niños y jóvenes.
Así mismo quienes integramos el Centro de Investigación Escénica El Teatrito, A.C., nos sumamos a las miles de voces que han iniciado la campaña ¡No más sangre! Con la intención de lograr detener el absurdo e irracional camino que nos coloca, actualmente, como uno de los países más violentos del planeta e intentar contribuir a la construcción de un futuro más digno para México. 




SOBRE LA FUNCIÓN DEL ARTE


Krisis
Por: Rosa Olivares
Exit Express, Revista de Información y Debate sobre Arte Actual
nº 54, Octubre 2010

Ya nadie niega la realidad. Estamos en crisis, pero parece que la única crisis que preocupa es la económica. Pero, ¿no estábamos en el mundo de la cultura? Deberían preocuparnos otras crisis, otra krisis. La de valores, formas y contenidos, la de principios y actitudes. La krisis de creatividad y de inteligencia, de valor y de radicalidad. Y para esto los bancos no tienen reservas, ni aunque nos avalen propiedades, familia y amigos. No hay fondos reservados de inteligencia. Saber mucho, haber leído todo, acumular datos, frases, citas, eso sí se puede medir, almacenar, y dosificar, pero la inteligencia, el valor, son aspectos inabarcables de la personalidad. O se tiene o no se tiene, y si se tiene, aunque este durmiente, cuando despierta arrasa como una tormenta tropical, un huracán, un tsunami. No son frecuentes, pero todos conocemos, hemos estado en el centro, en el ojo del huracán alguna vez. Y es una experiencia siempre enriquecedora. Es la parte salvaje que cada vez está más oculta, tan domesticados todos que hacemos corderos de los tigres.

Pareciera que el mundo de la cultura es un mundo más libre, donde los límites existen para ser rotos, las barreras para ser cruzadas. Las normas se deben destruir y crear, crear, siempre crear un límite nuevo más lejano, siempre mirando hacia donde no se ve nada... todavía. El artista, el escritor, el pensador, el activista, todos ellos personajes activos de una sociedad en permanente cambio, no viven atados por las leyes de una estructura burguesa y adocenada... palabras que ya no tienen sentido. La krisis que vivimos es una situación terminal en el que la apariencia es más importante que el contenido, donde lo joven es copia de lo que fue joven hace años, donde el atrevimiento consiste en hacer con tinta lo que otros escribieron con sangre. Ante esta situación de penuria de ideas y de planteamientos, donde la brutalidad de las ideas ha desaparecido y la salvaje libertad de las opiniones, la alegre variedad de las palabras, se ha convertido en un tantra de halago insulso, no queda mucho que rescatar, y la crisis económica nos parece solamente un reto a nuestra resistencia.
Llegamos a pensar que para nosotros, los que nunca fuimos ricos pero sí fuimos radicales, la crisis económica es una circunstancia temporal que venimos solventando con más o menos elegancia durante toda nuestra vida. Esta es una crisis que afecta evidentemente a las revistas, a las galerías, a las estructuras, a todos. Es cierto, pero pensar es gratis, hacer una foto, crear una imagen, pintar un cuadro, escribir un cuento, componer una canción, es barato, no cuesta nada pero es lo más caro de todo. Mientras se subvencionan las superproducciones cinematográficas que a nadie interesan pero que muchos ven, la inteligencia se mueve inquieta y no encuentra lugar. Porque como decía el cantante, el pensamiento es estar siempre de paso, no tomar nunca asiento, no estancarse, no acobardarse. Por eso krisis es una palabra más bonita que crisis, porque las formas, las apariencias también importan. A veces es lo único que importa, allí donde la forma lo dice todo.

A LAS COSAS POR SU NOMBRE


Lo llaman corrupción...
Por: Miguel Riera
El Viejo Topo nº 270-271, Julio / Agosto 2010

Lo llaman corrupción... cuando su verdadero nombre es Crimen Organizado. ¿Cómo, si no, denominar a esas redes mixtas, formadas por personajes de la vida civil y políticos en activo o ya jubilados que se dedican al saqueo concienzudo del erario público?
Las tramas Gürtel, Pretoria, Palau, la balear , etc., no son simples manifestaciones de la corrupción. Corruptos son los que practican nepotismo, los que miran para otro lado sabiendo lo que pasa en el despacho oficial vecino, los que se llevan un sobre en una operación concreta y aislada, los que piden el 3% para alimentar las finanzas de los partidos. Pura putrefacción que lamentablemente la sociedad española acoge ya con cierta indiferencia y pasividad.
Pero en España hemos sobrepasado de largo ese nivel de podredumbre: han pasado por los juzgados Ministros, Presidentes de Comunidades Autónomas, Consejeros, Presidentes de Parlamentos, Alcaldes... vinculados a "tramas" de la sociedad civil de carácter parasitario o formando parte directamente de ellas, no ya como cómplices necesarios, sino incluso como instigadores y organizadores. Y a eso se le llama Crimen Organizado.
El Fisgón/ Escrito con el corazón
La clase política se defiende como gato panza arriba cuando desde abajo se generaliza acusándola de estar toda ella pringada en la corrupción. Y es verdad: todavía queda gente honrada. Pero esa gente honrada está siendo utilizada como parapeto, a modo de escudo humano, para evitar asumir la enorme responsabilidad que nuestra clase política ha contraído con la ciudadanía, ya sea por acción o por omisión. Si los políticos quisieran, acabarían con la corrupción en cuatro días. Simplemente, no quieren.




Pero volvamos al asunto del Crimen Organizado. España no es el único país en el que las redes mafiosas se han incrustado en la administración del Estado, tanto a nivel nacional como autonómico. Tenemos muy cerca el caso de Italia. Hace ya muchos años que la Mafia se incrustó en el Estado italiano, obteniendo inestimables "ayudas" políticas desde las más altas instancias del gobierno. Quien haya visto Il divo, la película sobre Andreotti, sabrá de lo que hablo. A la corrupción democristiana siguió la berlusconiana, a pesar de los esfuerzos de algunos jueces (¿se acuerdan de Manos limpias?). El convencimiento entre las gentes de que el asunto no tiene solución, ha permitido al populismo de derechas asentarse en el poder en Italia sin pagar ningún precio por sus delitos.
¿Es este el futuro que nos aguarda a nosotros? ¿Vamos, de tan decepcionados, a seguir votando a los protectores, o cómplices del Crimen Organizado, como en Italia? ¿Nos va a dar igual que ganen unos u otros, porque en el fondo todos son lo mismo?
Parece que sí. Parece que eso es lo que piensan cada vez más personas. ¿Estamos a tiempo de cambiar las cosas? Probablemente sí, siempre que los partidos, o algún partido, se decida a abanderar decididamente la lucha contra la corrupción y empiece a dar ejemplo. Más allá de los discursos. Más allá de la retórica.
De momento, empecemos a llamar a las cosas por su nombre: lo llaman corrupción, pero en realidad es Crimen Organizado.

RESIDUOS QUE MATAN


El cementerio nuclear
El Ecologista
nº 64, Primavera 2010
El 29 de diciembre de 2009 se abrió el plazo de un mes para que se presentaran los municipios candidatos a acoger el cementerio nuclear o Almacén Temporal Centralizado (ATC), hecho clave en la historia de la energía nuclear en España puesto que el ATC permitirá un alargamiento de la vida de las nucleares. La fecha se había ido retrasando desde 2006 por las protestas vecinales en Peque (Zamora), y por las elecciones locales (2007) y generales (2008). Durante todo este tiempo, los representantes de la Empresa Nacional de Residuos Radiactivos (Enresa) fueron negociando con diferentes alcaldes: se trataba de evitar otro fracaso como el de 2006 y tener candidatos dentro y fuera de la Asociación de Municipios Afectados por Centrales. Durante 2009 Ecologistas en Acción colaboró en las protestas en torno a Yebra, que también contribuyeron al retraso. La industria nuclear tiene prisa: desde abril de 2005 paga un canon por la gestión de los residuos; los residuos vitrificados de Vandellós I (que ya nos cuestan unos 57000 € diarios) obligarán a pagar 60.000 € diarios a partir del 1-1-2011 en concepto de depósito; y la piscina de combustible gastado de Ascó I se satura en 2014.
El proceso ha sido oscurantista y antidemocrático y no se ha producido un verdadero debate sobre la gestión de los residuos. El resultado es que quedan nueve pueblos que suman algo más de 4.000 habitantes: Ascó (Tarragona) y Yebra (Guadalajara) en zonas nucleares, y siete en zonas no nucleares: Zarra (Valencia), Villar de Cañas (Cuenca), Albalá (Cáceres), Torrubia (Soria), Santervás de Campos y Melgar de Arriba (Valladolid) y Congosto de Valdivia (Palencia). Y se han producido enormes tensiones políticas con Barreda oponiéndose en Castilla-La Mancha y Montilla en Cataluña. Dos presidentes del PSOE que se oponen para aumentar sus posibilidades de ser reelegidos. Por su parte, ERC e IC-EUEV anuncian que la instalación del cementerio nuclear en Cataluña sería suficiente para romper el tripartito.
Las ventajas del ATC para los municipios se limitan a los impuestos municipales sobre la inversión de 700 millones y a la compensación de 6 millones de euros anuales. Además hay que contar los puestos de trabajo de baja calidad generados en la construcción y los aproximadamente 50 puestos permanentes, ocupados éstos por técnicos que no procederán de la zona. A cambio, el ATC cercenará otras actividades económicas, como se puede ver en las zonas nucleares, donde las centrales no han sido capaces de generar desarrollo.
Los riesgos del ATC están asociados a la peligrosidad de las sustancias que alberga y a la incertidumbre de qué ocurrirá después: el ATC está licenciado para 60 años pero los residuos son peligrosos durante cientos de miles. Se supone que está hecho a prueba de terremotos, pero hay que recordar que la central de Kashiwazaki (Japón) también lo estaba y sufrió una fuga de 1.300 litros de agua radiactiva por los efectos de un sismo en julio de 2007. También se dice que el almacén soportaría el choque de un avión de caza, pero no el de un avión de pasajeros que es algo más fácil de esperar tras el 11-S. Los posibles accidentes en la manipulación de los residuos son otro riesgo, junto con los transportes que surcarán las carreteras y las vías de ferrocarril con esta peligrosa carga.

Los conflictos sociales y políticos que se están produciendo durante la instalación del ATC son un efecto indeseado de la energía nuclear. Lo más sensato para conseguir el necesario consenso social es dejar de producir residuos estableciendo un calendario de cierre de las centrales nucleares. A continuación se debería abrir un amplio debate con participación de expertos y de entidades sociales para identificar la forma de gestión menos mala de los residuos

¿TRABAJO?


Más allá del trabajo Mercantil

Por: Santiago Álvarez Cantalapiedra
Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global nº 108, Invierno 2010

Las crisis económicas afectan profundamente al mundo del trabajo, y no sólo porque en el intervalo de una recesión se destruya empleo y se incremente de forma considerable la tasa de paro, sino también porque las estrategias individuales que se adoptan para afrontar las pérdidas de ingreso y bienestar que la propia crisis genera terminan por influir en la valoración, redistribución y organización del conjunto de los tiempos y actividades de la vida de las personas.
El capitalismo (y, en general, el productivismo) ha alentado una concepción del trabajo meramente instrumental y, como consecuencia, un tipo de sujeto trabajador coaccionado por el cumplimiento de los objetivos y ajeno a y despreocupado por los procesos que llevan a esos resultados. Esa representación del trabajo se refleja perfectamente en la visión económica ortodoxa, que apenas dice nada del trabajo como fuente directa de satisfacción. En términos de análisis formal, el funcionamiento del modelo es independiente de quién realice la actividad, de si esta es objetivamente agotadora o manifiestamente liviana, sin importar si en su transcurso se preserva o destruye el entorno social y natural. Tampoco están presentes en esa visión las condiciones y formas de organización del trabajo que, bajo determinadas instituciones y relaciones sociales, afectan al papel del trabajo como fuente de satisfacción humana.
Sólo sustrayéndose de semejante abstracción, y recurriendo a otros enfoques, es posible discernir cabalmente sobre el alcance de lo que significa el trabajo para la comprensión del mundo presente. No hay duda de que la fuerza de trabajo asalariada constituye un componente esencial de la naturaleza y el funcionamiento del sistema económico capitalista. Quien quiera comprender el capitalismo no podrá pasar por encima de esta consideración. Pero para el complejo proceso de reproducción social, el trabajo mediado por el vínculo salarial no resulta suficiente. En este sentido, la aportación del pensamiento feminista se muestra crucial para reconocer en el trabajo algo más que su expresión mercantil bajo la forma de una ocupación retribuida. No solo es un error reducir la noción de trabajo a la del empleo mercantil, sino que además esta impropia asociación ha favorecido que, durante demasiado tiempo, numerosas actividades que resultan centrales para el bienestar de las personas y la reproducción de las sociedades permanecieran ocultas y desvaloradas socialmente.
De la mano de la crítica de la economía política surgen también claves que enriquecen las reflexiones en torno a la noción de trabajo. Marx percibía en el trabajo una dimensión específicamente humana. Parte del supuesto -según señala en El Capital- de que el trabajo pertenece exclusivamente al ser humano: «una araña ejecuta operaciones que semejan a las manipulaciones del tejedor, y la construcción de los panales de las abejas podría avergonzar, por su perfección, a más de un maestro de obras. Pero, hay algo en el que el peor maestro de obras aventaja, desde luego, a la mejor abeja, y es el hecho de que, antes de ejecutar la construcción, la proyecta en su cerebro».1 El trabajo se caracteriza, por un lado, por ser una actividad prospectiva que va precedida por la conciencia de sus fines y, por otro, por su carácter social. Gracias a esos rasgos, el ser humano puede ser capaz de superar los apremios del instinto y de la necesidad biológica más inmediata y crear su propia historia.
Pero también fue Marx quien habló de la alienación del trabajo al señalar que bajo ciertas condiciones sociohistóricas quedaba mutilada esa dimensión propiamente humana. ¿Tiene sentido pensar en algo parecido para el momento actual? Más allá del hecho objetivo de que la mayoría de los trabajadores sigan -también hoy y, en cierta manera, más que nunca separados de los medios de producción, del control de su actividad y de los productos de su trabajo (en cuanto que pertenecen a otro, que manda "desde afuera" y "desde arriba"), ¿podríamos pensar en algo así como una teoría de la infelicidad o de la insatisfacción asociada al trabajo asalariado en la media en que en las sociedades contemporáneas aquel no parece que sea una fuente directa de estimulación y gratificación sino, más bien al contrario, un principio inagotable de malestar y de corrosión del carácter?
Ante este interrogante se suele señalar sin ninguna demora que aquella característica con la que se suele definir a una actividad no alienada, la creatividad humana, está más presente que nunca en las llamadas sociedades de la información y el conocimiento. Es posible, aunque no deja de llamar la atención, cómo a pesar de ello la gran mayoría sigue concibiendo el trabajo como un mero instrumento para conseguir otros objetivos (dinero, fama, poder, etc.), y escasas veces como un proceso que genera su propia gratificación, como algo en que tan importante como los resultados es la recompensa por la buena realización de la tarea. Siendo así las cosas, el referente del trabajador contemporáneo parece estar más cercano da la figura del consumidor (sujeto insaciable sólo interesado por nuevos productos finales) que da la del artesano (para quien la motivación básica es el trabajo bien hecho y su atención se centra en la naturaleza de la tarea o de la actividad que se trae entre manos). Por este carácter instrumental que se le concede al trabajo no debe extrañar que se huya como de la peste de aquellas tareas desprovistas de remuneración y reconocimiento social, que por añadidura suelen ser además las más laboriosas.
Estos comentarios quieren ser indicativos de la importancia que deberíamos conceder a los debates acerca de la noción ampliada de trabajo, sin que ello nos haga olvidar, por otra parte, los análisis concretos sobre las condiciones específicas en que se desarrolla bajo la forma asalariada. Ahora bien, y en relación con esto último, conviene tener presente alguna otra consideración adicional. La vida laboral resulta cada vez menos relevante en la biografía de las personas, al menos esa es la experiencia entre los varones de las sociedades desarrolladas. Varias son las razones que ayudarían a explicarlo, entre las que se pueden resaltar básicamente dos. En primer lugar, el tiempo empleado en una relación laboral es hoy mucho menor que en épocas anteriores. En 1850 el tiempo de trabajo mercantil ocupaba el 70% del total del periodo de vigilia en la vida de una persona; en la actualidad, no supera el 14%. A ello han contribuido las luchas históricas del movimiento obrero al lograr una reducción significativa de la jornada laboral y, ya en el transcurso de las cuatro últimas décadas, el hecho de que la entrada en el mercado de trabajo se haya retrasado considerablemente debido al incremento de los años de escolarización, y la salida, a su vez, se realice con mayor frecuencia (como consecuencia de la inestabilidad laboral) y más tempranamente debido a la anticipación de la jubilación). La segunda razón tiene que ver con la manera en que se ha visto afectada la idea de la "carrera laboral" como componente esencial de la biografía personal. Hasta hace bien poco, la mayor parte de los individuos podían tener la expectativa de pasar buena parte de su vida laboral dedicados a un único trabajo con posibilidades de promoción y ascenso profesional. Son pocos los que en la actualidad pueden albergar semejante esperanza dados los niveles de inseguridad y precariedad laboral.
Estos cambios están propiciando que las identidades de las personas se fragüen cada vez menos en el mundo colectivo del trabajo y más en el ámbito del consumo privado y en otras esferas de lo social. Son circunstancias que han contribuido, también, a erosionar las tradiciones político-culturales con las que históricamente los trabajadores han resistido y se han enfrentado al poder que sobre ellos despliega el capital. Y esto precisamente en un momento en que los contrastes entre los hijos de la clase media y la clase obrera son más difíciles de establecer como consecuencia de que la pauta de la posguerra, que conducía al aburguesamiento de ciertos segmentos, ha sido revertida, y los trabajadores están siendo, en cierta medida, reproletarizados

LA PROPIEDAD DE LA CULTURA


La cultura privada

Por: Juan Ignacio Macua
Letra Internacional nº 107, Verano 2010

He sido siempre incrédulo ante las teorías de la conspiración. Me han gustado los best-sellers de espías y las películas de acción en las que un grupo de ancianos caballeros, muy ricos y poderosos, se reúne en una preciosa y envidiable casa de campo y desde allí programa la destrucción del mundo. Claro que casi siempre hay un mayordomo o guardaespaldas que les sale rana y va con el cuento a una de las innumerables agencias que tienen los norteamericanos, a partir de lo cual se monta el argumento central del bodrio. Añadiéndole, claro, persecuciones en los más raros vehículos, peleas multitudinarias, balaceras y algún buen efecto especial. Pues yo me divierto.

Quizá es lo que me ha vacunado contra las conspiraciones. Aunque debo confesar que estoy empezando a sospechar que, haberlas, «haylas». Me estoy refiriendo a ese sorprendente y coincidente, ahí está el mal olor, ataque que están recibiendo las instituciones culturales públicas de Europa. Da igual su tamaño, antigüedad o importancia, no se libra ninguna. Toda una campaña para demostrar que les sobra el segundo apellido, públicas, pues en él tienen origen todos esos males que, sin embargo, han venido capeando más bien que mal. Parecía que los grandes museos se librarían del ataque, pero la estrategia de los conspiradores no se para en barras y a por ellos van con descaradas sutilezas, campañas de prensa y aprietos económicos.

Es cierto que la crisis fomenta y da alas a estas opiniones. Las administraciones públicas no deben entretener los fondos que deben sostener el bienestar en lujos y añejos prestigios. Dejen eso, si lo estiman conveniente, en manos de la iniciativa privada. Es el momento propicio para imitar el sistema americano en el que los museos, buques insignia de las instituciones culturales, son privados, aunque no se vean privados del todo de la ayuda oficial. Sus propietarios son, generalmente, grupos de ciudadanos, los amigos, que se unen para que en su ciudad no falte un museo de acuerdo con su prestigio, fundaciones u otros. Lo que se dice ciudadanos conscientes, preocupados por el bien común. Hombre, a cambio tienen alguna ventajilla. Desde luego prestigio y fama, disfrute privilegiado y descuentos fiscales. En la vieja Europa los museos son, en la mayoría de los casos, propiedad del Estado, la región o la ciudad, aunque todos admiten donaciones o mecenazgos.

Este globo sonda que últimamente ha surcado los aires europeos, tiene detrás una realidad complicada y difícil. Lo curioso es que el tema ha saltado a la vez en varios periódicos de diferentes tendencias y distintos países. Claro que esto puede ser absolutamente normal, pues los periódicos se copian las noticias unos a otros sin el menor pudor, pero si lo juntamos con otros pequeños síntomas que van surgiendo, no deja de ser inquietante. Así suelen empezar muchos programas privatizadores. Primero, se magnifican los problemas que a nadie le preocupaban; luego, se estudia la posibilidad «técnica» y se explica que la solución no es dolorosa; van haciéndose suaves aproximaciones, un retoque por aquí y un recorte por allá, una dura campaña sobre la pérdida de prestigio que la situación está consiguiendo, lo que la mayoría de las veces es verdad, pero de cuyas causas ya nadie habla; se pone rápidamente el consabido ejemplo de lo bien que funciona una empresa, que suele ser «El Corte Inglés», y todos convencidos: la modernidad ha vencido.

No se ha hablado, todavía, de la propiedad de los museos tradicionales, se habla solamente de su administración, mantenimiento y explotación. Los conspiradores no son tontos y saben que edificios y colecciones ya tienen propietarios y no tienen precio. Sería imposible que el Estado se deshiciera de esos bienes, la mayoría de las leyes lo hacen impensable. ¿Imposible e im­pensable? Bueno, lo mismo se decía de los sistemas de comunicación o de la energía y ahí están, libres, vivitos y coleando en la mayoría de los países, con tímidas y provisionales excepciones. En España tenemos un ejemplo de cesión de los museos sin que la propiedad de los edificios y de su contenido haya sido un obstáculo. La Administración central transfirió a las comunidades autónomas los llamados museos provinciales y en tiempos de bonanza algunas pedían más cesiones. Es cómodo, los grandes problemas de infraestructura corren a cuenta del ministerio, la vida diaria, de la comunidad. Surgieron y surgen abundantes problemas, pero no ha sido más dramático que muchas otras transferencias. Lo peor ha sido que los museos languidecen dado el escaso interés que sienten por ellos los que se han desprendido de su carga y los que se han hecho cargo de ella. La mayor parte siguen apolillándose, con esas extrañas colecciones que nadie sabe por qué ni cuándo recalaron en ese museo y que no responden a la idolatrada «identidad» de la nación, nacionalidad o región que los cuida y administra. Por supuesto que hay excepciones, pero todas ellas originadas por el celo profesional de unos, demasiado pocos, técnicos apasionados por investigar, conservar y exhibir los bienes que les han encomendado y que, ya en el colmo de vocación mal pagada y poco estimada, intentan que el museo, por pequeño, solitario y extraño que sea, haga de foco cultural si no de la comunidad entera, que sería exagerar, sí de la ciudad en la que se ubica.

La pregunta es la misma que se hace en todas las especulaciones y en todos los crímenes que se precien: ¿quién se beneficia? Y, la verdad, no se ve claro dónde está la ventaja, ni para quién. Que los impuestos tengan un destino fijo, bien porque así se señala en la oportuna ley, bien porque se libera de ellos al que hace determinadas donaciones o inversiones, beneficia a los más ricos, al menos, vistas las cosas desde la óptica impertinente de los profanos en la materia. Si pueden elegir la aplicación, buscarán hacerlo en lo que más les favorezca: infraestructuras por las que transportar sus productos, energía que abarate costes, etc., y esto, según afirman los llamados liberales, es muy bueno, pues el interés de todos hace que las cosas funcionen, ¿no? Siempre que quede alguien que se ocupe de los problemas para los que nadie se apunta: educar, sanar y dar de comer a los que no tienen medios, cuidar del medio ambiente, en fin, todo eso que ya sabemos desde hace siglos y que debemos mantener al margen para que así puedan ejercer la caridad voluntariamente los que estén, y en la medida en que estén, dispuestos a ello.

 ¿Creemos que alguien destinará sus impuestos a los museos? En Estados Unidos lo hacen muchos y han conseguido tener unos museos hermosos, de gran proyección y muy envidiados. Igual es que allí importa el buen nombre y por ese camino se busca el renombre. O será que conviene sentir la conciencia tranquila porque, de todas formas, impuestos hay que pagarlos, y un museo puede esconder y tapar mucha porquería.

De momento la crisis ha detenido, al menos, la virulencia con la que se presentaron todas estas especulaciones; los tiempos son de turbación y todos sabemos lo de las mudanzas. Los museos no iban a ser una excepción. Nadie quiere hacerse cargo en estos momentos de unas instituciones hipotecadas. Lo que se anuncia es un recorte importante en los presupuestos y, por tanto, un reajuste a la baja de sus actividades y quizá un poco de contención en los gastos ordinarios. Van a disminuir los actos efímeros o a bajar un poco los listones, que estaban muy altos, pues la competencia de prestigios así lo exigía. Pero, esperamos, no se van a tocar los fondos destinados a investigación, si es que esa partida se nota en los presupuestos, conservación, seguridad y mantenimiento de las exposiciones permanentes. El personal fijo verá cómo disminuye su poder adquisitivo sin que lo haga el trabajo, y el temporal verá cómo se difumina su puesto. Algunos de los directores de los grandes museos opinan que se seguirán haciendo grandes muestras que costarán menos gracias a la colaboración con otros museos. Será que hay algún museo al que no le atañen los recortes. Otros opinan que la solución está en hacer las exposiciones más largas. Lo que, a mi juicio, dificulta los préstamos de obras importantes y aumenta los costes del seguro. Y los más prudentes hablan de disminuir programas y aprovechar lo más posible la colección propia. Para lo que se necesita ingenio y mucho trabajo.
Parece que los más perjudicados van a ser los centros o los museos que actúan habitualmente como tales y que suelen ser los que se dedican al arte contemporáneo, sobre todo aquellos cuyas colecciones son meros embriones, tanto por el número de obras custodiadas como por la inseguridad de su valor, ya que no han pasado todavía el duro examen pericial del tiempo. Estos museos, cuya razón de ser son las exposiciones, lo tienen crudo. Estaría bien que, aprovechando esa crudeza, dedicasen sus esfuerzos a investigar precisamente en lo que se ha tenido como arte crudo sin necesidad de apoyarse en lo ya cocido.
En el caso de España, esta situación se agudiza por la gran y acelerada proliferación de museos de arte contemporáneo de los últimos años, en los que ninguna entidad autonómica, creo, se ha quedado atrás. Es de temer que languidezcan o cambien sus criterios. Es cierto que hay tanto por hacer que no es difícil encontrar nuevas líneas de trabajo, lo mismo desde una perspectiva local que desde una visión más universal. Un ejemplo a seguir es el del c2m, conocido como el «museo de Móstoles», pues en esta ciudad madrileña se halla. Realmente es el Centro de la Comunidad de Madrid que oficialmente lleva el nombre «2 de mayo» y que lucha por sobrevivir entre el desconocimiento y el asombro que produce en los madrileños, tan centralistas, que un centro con ambición de enseñar algunas de las cosas que están pasando por el mundo haya sido montado en la periferia, y en la periferia sur, de la capital. En el poco tiempo que lleva funcionando ha conseguido cierto respeto entre las gentes del municipio que lo visitan expectantes y el apoyo de los jóvenes, que los hay, interesados en conocer y disfrutar las nuevas experiencias artísticas. La clave ha sido la elección de exposiciones tan interesantes como las dos últimas: una, dedicada al famoso grupo musical Sonic Youth y todo lo que surgió a su alrededor, y la que bajo el título Fetiches críticos han comisionado tres artistas mexicanos y que nos habla, con fascinante gracia, de la situación actual y de cómo el arte puede implicarse en ella. Ah, el catálogo, repleto de información, textos sobre la situación y sus fetiches, datos de los que se exponen y textos sobre el compromiso del arte, ¡se regala!

Pues a pesar de este incierto panorama, o precisamente por él, los ataques y las pistas que los desvelan se concentran más que en el lado económico en el de la intervención, en la dirección que debe tomar la institución, todavía pública. Los primeros síntomas aparecieron cuando se hizo fuerte y extraño hincapié en la necesidad de que instituciones tan importantes como los museos, sobre todo los grandes, no debían estar en manos de funcionarios aunque éstos pertenecieran a los cuerpos de élite especializados y formados en el tema, o se dedicaran con prestigio a la enseñanza de la cuestión. Mejor que decidieran los políticos que, al fin y al cabo, son los elegidos. Pero un museo debe planear sus actividades con mayor perspectiva temporal que la que hoy pueden permitirse éstos. Además, y esto era fundamental, los políticos no tenían posibilidades, o no tenían ninguna o no les convenía tenerlas, de buscar ayudas económicas entre las fuerzas vivas de la sociedad. Con lo que se encontró la solución dándole a las instituciones un status especial, cierta independencia organizativa y dotándolas de un patronato con poder de decisión. Los gastos y costes siguen corriendo a cuenta del presupuesto.

De estos patronatos forman parte la administración, algún político, banqueros y grandes empresarios que, a veces, son a la vez significados coleccionistas y por ello hasta académicos de las Bellas Artes, y algún historiador o crítico de arte que de tono y hasta, gran concesión, algún presidente de las asociaciones de amigos del museo que, por casualidad, es también una personalidad de reconocido rango social y nulo prestigio académico.

Otra manera de ir socavando el carácter público de los museos es a través del más absoluto desprecio por sus clientes. Quería decir, por su público. Las entradas no dan ni para pagar los costes de la limpieza y, además, no vamos a meternos en las agitadas aguas de la gratuidad de los museos; el que quiera cultura que la pague, un baluarte a derribar y ya por los suelos. Pero hay que potenciar las cifras pues de ellas depende la fama, y de la fama el interés de los mecenas; no se cuida para nada la labor pedagógica que el propio museo debiera hacer. Ni con el montaje, ni con los elementos auxiliares ni de ninguna otra manera se facilita que el público conozca algo más que lo que ve. Alegando a menudo que ésta es la verdadera función del museo, que lo demás se haga en la escuela, por lo que solamente los entendidos, si son muy listos, tienen la clave para entender el baile de modos de ver con el que nos obsequian. Será porque los directivos actuales, elegidos por el «código de las buenas prácticas», como le han llamado los que lo han propuesto, quieran dejar su huella en la historia.

Por ejemplo, se pensaba hasta ahora que una tarea primordial de los museos era rescatar los objetos que por su significación, rareza y/o belleza, convenía estudiar, conservar y exponer, para lo que se les hacía objeto de una curiosa transformación, por la que sin cambiar de apariencia, se mudaba su esencia. De ahí la acusación estúpida y repetida de que los museos estaban cargados de un tufo rancio a vieja iglesia. Debía ser por esa «sacralización» de lo expuesto, que tenía cierto parecido con la llamada transustanciación que sucede en el rito de la Consagración de la misa católica. Una cosa pasa a ser otra sin perder su apariencia. Así era el caso de la colección real, base del Museo del Prado, que en su ubicación primaria servía para adornar las salas de palacio y, sobre todo, para intimidar a los visitantes -embajadores de otros reyes, principales de la corte o simples peticionarios- con la prepotencia, riqueza o exhibición de buen gusto. Ahora, en el museo, tienen una tarea diferente, ahora sirven para que el contemplador disfrute y goce con las emociones que despiertan y, quizá por connotación, conozca algo del contexto histórico en el que se crearon. Pues bien, los directivos del Museo del Prado han decidido, a petición y por el consejo de dos conocidos hispanistas, que es más importante la función de «documento histórico» de estos cuadros que la de proporcionar las emociones estéticas que una buena pintura proporciona. Para ello van a recrear el Salón de Reinos tal como estaba en la época de los últimos Austrias. Así podremos conocer de primera mano la riqueza, el buen gusto y el poder que estos monarcas gozaron y las batallas que ganaron, aunque algunas ya no ocupan más que unas pocas líneas en algún manual de historia. No importa nada la jerarquía de lo expuesto, se mezclan obras mayores, como la velazqueña La rendición de Breda con otras de mucha menor entidad, ni la propia forma de ver las obras, como la situación en la que quedarían los Los trabajos de Hércules de Zurbarán, que estarán a una altura indebida, como meros adornos decorativos. Y para eso se ha trasladado el museo del Ejército, que antes ocupaba este lugar, y se van a trastocar muchas e importantes salas del actual museo.

Y esto no ocurre sólo en los museos que deben cargar sobre sus espaldas con el peso de la historia y de los historiadores, sino en los que parecían menos expuestos a estos caprichos. Un museo que por creación fluctúa entre la historia y la innovación, el Reina Sofía, resuelve el aparente conflicto con un montaje de la parte histórica, la llamada colección permanente, que es fruto del más individual y personal punto de mira. No es la historia del arte español del último siglo, es la historia personalmente interpretada, en algunos casos con la obligatoriedad que imponen las ausencias y en otros con la ilusión de lo que debió haber sido, pero no fue, como dice la canción. La historia del arte español del siglo xx, pasando por alto las caprichosas fronteras temporales que se le han impuesto y cuya arbitrariedad hace que flote continuamente la amenaza de que el Guernica se vuelva al Prado, no es una historia, sino una ficción bien imaginada que gira en la órbita picassiana, tan ausente en la realidad histórica. Quizá habría que cambiarle eso de colección permanente ya que, gracias a la interpretación de las buenas prácticas, podremos ver cómo cambia la historia según vayan cambiando los directores. Al fin y al cabo el Prado no ha dejado de experimentar cada día con nuevas instalaciones, lo que nos ha permitido gozar del descubrimiento en todas y cada una de las visitas. En mi juventud se insistía en que los experimentos había que hacerlos con gaseosa, aquí se tira el champagne como en la entrega de trofeos de cualquier «Fórmula 1» o cualquier gp de motos.

Dentro de toda esta conspiración que, como decía antes, es casi seguro que no exista, destaca como ariete en su estrategia la continua y bien programada aparición de diversas y autoritarias voces que reclaman la desaparición del Ministerio de Cultura. Sus argumentos son muy claros. Uno, «las Autonomías pueden hacerse perfectamente cargo de sus tareas ya que no es importante la existencia de una cultura estatal, basta con sumar las culturas nacionales», y dos, «total, para qué sirve esta institución, aparte de ocuparse de subvencionar a comediantes, músicos, bailarines o gente del cine, si los museos, las bibliotecas, los teatros y alguna otra cosilla no transferida pueden, con alguna pequeña ayuda del Estado, convertirse en empresas con lo que funcionarían mucho mejor y más libremente».

EN ACCIÓN


Ecologistas en Acción

El Ecologista 
nº 66, Otoño 2010 

Te levantas todas las mañanas y, con el gesto de quitarte las legañas y estirarte un poco, dejas en un rincón los sueños. Sales a trabajar. Vuelves al final de la jornada, con cansancio, y tal vez con ganas de evadirte de la realidad.
Si tienes suerte, a lo que has dedicado las mejores horas de tu día (de tu vida) tiene sentido para ti, es importante. Pero, si eres como la mayoría de las personas, tu empleo no será más que una manera de conseguir dinero para... lo que es realmente importante en tu vida. Pero... ¿qué es importante en tu vida?
A nosotr@s nos importa el bienestar de nuestros seres queridos, y del resto también, que a fin de cuentas son seres queridos de otras personas. Seguro que coincidimos contigo. Por eso queremos que tengan aire limpio, que beban agua clara, que coman alimentos sanos, que los ríos, los bosques y las costas conserven toda su riqueza, que tengan una educación y sanidad dignas... y queremos que sea así para todo el mundo hoy, mañana y pasado. Sí, ya sabemos que éste es uno de esos sueños arrancados por la mañana. Pero hay gente que sigue rumiando sueños durante el día que hacen que nuestra vida tenga más sentido. Seguro que tú también lo haces.
Llevamos siglos en esta lucha por la dignidad en la que avanzamos a paso lento. El 29 de septiembre tendremos una nueva etapa: la huelga general. Sí, la huelga general tiene que ver con las cosas importantes de la vida, con el bienestar de las personas.
Porque, en un contexto de crisis ambiental como nunca antes había existido, es necesario invertir la fuerza colectiva en aprender a vivir en paz con el planeta, no en salvar a los bancos y a las constructoras.
Porque más importante que el PIB, las transnacionales, el FMI, la Unión Europea, la bolsa, el AVE, un adosado más, un coche más... Más importante que este imposible crecimiento continuo de beneficios empresariales y de objetos de consumo en un planeta limitado, es el cambio climático, la pérdida de biodiversidad -de la que dependen nuestras vidas-, la calidad del aire, la soberanía alimentaria, la salud... Porque en esos temas es donde de verdad nos jugamos la supervivencia. Sí, se puede cambiar el foco, ¿o es que en tu familia funcionáis con el "sálvese quien pueda" de los mercados?
Porque, como tú, no nos creemos que flexibilizar una vez más el empleo vaya a mejorar nuestra calidad de vida. Porque queremos apostar por la equidad en las condiciones sociales. Pero queremos hacerlo al alza, no a la baja. Y queremos hacerlo en y con el planeta. Sí, se puede porque ya se ha hecho antes.
Porque es de cajón, de cajón justo, que quienes tienen que ver recortados sus ingresos son aquellos que tienen demasiado, no quienes cobran una pensión. Porque creemos que es necesario, en un mundo que agoniza, repartir la riqueza.
Porque tenemos que trabajar mucho más en lo importante: cuidar a las personas y al entorno que las sostiene. No todos los trabajos, ni mucho menos todos los empleos, tienen el mismo valor.
Porque, en momentos de crisis, la estrategia más inteligente es dar un gran salto adelante, no volver a relaciones laborales y sensibilidad ambiental del siglo XIX.
Por eso te proponemos que nos acompañes. Por eso queremos acompañarte el 29 de septiembre en la calle, no en el lugar de trabajo. Queremos vivir contigo la alegría de dedicar las mejores horas del día a algo que tenga sentido. Por eso esperamos que ese día no nos sacudamos los sueños y los gritemos bien alto, para que se cumplan.

Agenda Verde


Luces en el laberinto



Por: Llorenç Serrano
Secretario confederal de Medio Ambiente de CCOO


La urgencia de una agenda verde

Empieza el curso, o termina el año, con la constatación de que pocas esperanzas quedan de que las políticas públicas vayan más allá de la renacida ortodoxia neoliberal. La huelga general del 29-S contó entre sus escasos apoyos previos con el del grueso del movimiento ecologista. El sindicalismo confederal debe tomar buena nota de quienes nos apoyaron en lo que ha sido un duro desafío, no por bien resuelto menos difícil. La movilización de septiembre ha corroborado el rechazo al recorte de derechos –de ciudadanía y del trabajo–, ha puesto de manifiesto que la gente trabajadora no está por una salida de la crisis en la que, quienes no la hemos provocado, paguemos sus consecuencias.
Desde la visión ambiental, llevamos tiempo reclamando que la sostenibilidad es el camino para cambiar de modelo productivo y para recuperar la creación de empleo. Cuando empezó la crisis, la situación de nuestras cuentas públicas –déficit moderado– permitía una política fiscal expansiva orientada a este fin.
La renuncia a una política fiscal más equitativa, que debe tener una clara intencionalidad ecológica, la falta de criterio en las medidas destinadas a mantener la actividad económica y supeditar toda la política económica a dar satisfacción a “los mercados” con el ajuste presupuestario por la vía del gasto nos ha llevado a unos presupuestos para 2011 que no crearán empleo y que renuncian a salir de la crisis por el camino de la modernización y sostenibilidad ambiental.


La muy devaluada –respecto a las promesas y primeros borradores– Ley de Economía Sostenible terminará su trayecto parlamentario sin contenidos relevantes y cuya mayor contribución habrá sido seguir con la banalización del concepto de sostenibilidad.
También en este trimestre conoceremos los fatídicos resultados respecto al empleo que se han dado en 2009 en el sector de las renovables, fruto de la errática política que aquí ya comentamos.
Con este panorama, ¿existe alguna posibilidad para la “agenda verde”? Creo que sí. De la misma manera que sólo cuando ha faltado el dinero el ministro de Fomento ha empezado a poner en cuestión su modelo de infraestructuras, está más cerca que lejos el momento en que las políticas encaminadas a la recuperación del empleo y la actividad económica deberán buscar en el camino a una economía libre de carbono los yacimientos que nos hacen falta. Pero para ello es imprescindible romper el círculo en que conceptos –imprecisos pero con fuerza– como “empleos verdes” y “economía verde” son manejados sólo por los ambientalistas. Desde la Unión Europea –que depara tantos disgustos–, la Presidencia belga trabaja en una agenda ambiciosa de promoción de los empleos verdes y de “enverdecimiento” de los existentes. Lo hace a iniciativa del Ministerio de Trabajo, no del de Medio Ambiente.
Quiere decir que han conseguido algo que en España nos falta: Convencer de los motivos para el cambio a la sostenibilidad con razones que trascienden lo ambiental, convencer a quienes no han tenido suficiente con la visión ecológica para darse cuenta que hay que cambiar de modelo. Esta es la tarea principal para el inmediato futuro.
Como habréis comprobado ya, esta sección ha mudado de nombre. Luces en el laberinto es la autobiografía intelectual del economista José Manuel Naredo. Desde nuestra modesta condición de ecosindicalistas y con el permiso del maestro Naredo, queremos que este espacio aporte alguna luz a los trabajadores que nos leen y que ven en la defensa del medio ambiente una apuesta por su futuro y el futuro de sus hijos.

DECRECIMIENTO


ENTREVISTA A SERGE LATOUCHE

Profesor en la universidad de parís xi y uno de los impulsores de la teoría del decrecimiento

Salir de la sociedad de crecimiento es salir de las dinámicas de desigualdad”

Miércoles 10 de febrero de 2010

“La necesidad de romper con el crecimiento, la ideología del crecimiento y la sociedad del crecimiento” es la base de la teoría del decrecimiento, de la que Serge Latouche es uno de sus impulsores.
“La necesidad de romper con el crecimiento, la ideología del crecimiento y la sociedad del crecimiento” es la base de la teoría del decrecimiento, de la que Serge Latouche es uno de sus impulsores.

¿Qué relación hay entre la idea de decrecimiento y la crítica del concepto de desarrollo?

SERGE LATOUCHE: ‘Desarrollo’ y ‘crecimiento’ son dos palabras que suelen utilizarse indistintamente, aunque existan matices. Generalmente, cuando hablamos de ‘desarrollo’ pensamos en los países del Sur, mientras que cuando hablamos de ’crecimiento’ nos referimos más bien a los países del Norte, pero en cualquier caso es siempre la misma lógica de la acumulación, de la utilidad. Después de la caída del muro de Berlín, se pone en marcha lo que llamamos la mundialización, es decir, la mercantilización del mundo: el mercado único con un pensamiento único. Y entonces, en ese momento, el desarrollo, como un proyecto del Norte hacia al Sur, pierde su sentido ya que sólo hay una economía de mercado: es la lógica del mercado la que es la misma en todas partes. Y curiosamente, el desarrollo no desaparece del horizonte: retoma una nueva vida con la adición del adjetivo "sostenible", porque al mismo tiempo el mundo está unificado pero es alcanzado por la crisis ecológica. Y para afrontar la crisis ecológica sin modificar fundamentalmente el funcionamiento del sistema encontramos esta estrategia verbal, esta extraordinaria invención lingüística del “desarrollo sostenible”, un bonito oxímoron. Es para oponerse al “desarrollo sostenible”, que se convertía en la ideología dominante de la globalización, para lo que hemos utilizado este eslogan de “decrecimiento”. Este concepto refleja que lo que está en cuestión es la sociedad del crecimiento, la cual hay que volver a cuestionarse para no caer en la trampa de “otro crecimiento”, como los expertos en desarrollo caían en la trampa de “otro desarrollo”.

D.: Cuando hablamos de decrecimiento suele pensarse que se trata de invertir el problema ecológico sin prestar suficiente atención a las desigualdades sociales. ¿Es así?

S.L.: No, la sociedad de crecimiento es una sociedad de desigualdades. La dinámica del crecimiento es la dinámica de las desigualdades sociales. Siempre ha estado ligado a una dinámica de desigualdades sociales, en parte ocultadas en el Norte durante 30 o 40 años por culpa de la explotación masiva de los recursos naturales de países lejanos, pero ahora podemos ver claramente que, a partir de las primeras crisis de 1974-75, la dinámica de las desigualdades nunca ha sido tan fuerte.

D.: Entonces, ¿este decrecimiento debería producirse de la misma forma en el Sur que en el Norte? ¿Deberíamos decrecer al mismo ritmo en los distintos países del Norte?

S.L.: Claramente no. Detrás del eslogan de decrecimiento y su correspondiente ruptura con la sociedad de crecimiento está la apertura en positivo a proyectos extremadamente diversos que simplemente tienen en común proyectos de sociedad austera, de no ser sociedades de despilfarro, de sobreconsumo, etc. Pero ser una sociedad austera para un país africano quiere decir producir y consumir más, porque no están actualmente en la situación de austeridad, están por debajo de ella. Para nosotros, es evidente que tenemos que producir y consumir menos dependiendo de cada país, incluso entre los países del Norte. Es evidente que el proyecto de una sociedad de decrecimiento es una etiqueta que constituye todavía un proyecto por definir. Es un proyecto esencialmente político. Corresponde a la sociedad, de la forma más democráticamente posible, decidir lo que quiere hacer y lo que quiere producir y consumir, respetando siempre los equilibrios de la naturaleza. En ese sentido existe un enorme terreno para desarrollar.

D.: ¿Qué líneas podrían definir la práctica del decrecimiento? ¿Podría tratarse de un ‘keynesianismo verde’ o de ‘New Deal Verde’?

S.L.: De ninguna forma. Porque el ‘New Deal Verde’ es también típicamente otro oxímoron, es decir, el deseo de no querer salir de la lógica del sistema, de volver a parchear el sistema. Podemos precisar lo que yo llamaría “los fundamentos de la sociedad de decrecimiento” en negativo con respecto a la sociedad de crecimiento. Es lo que he tratado de formalizar a través del círculo virtuoso de las ocho ‘R’: reevaluar, reconceptualizar, reestructurar, redistribuir, relocalizar, reducir, reutilizar, reciclar. Más allá, esto nos da un horizonte suficientemente ancho, pero en el seno de este horizonte, la etapa ulterior depende de cada sociedad. Esto es, de qué programa político concreto nos dotamos para avanzar hacia ese horizonte de una sociedad de anticrecimiento o de no crecimiento y de democracia ecológica.

D.: En un contexto de crisis, la palabra ‘decrecimiento’ puede estar asociada a la pérdida de empleos.

S.L.: Es cierto, pero es al contrario. El decrecimiento, a diferencia del crecimiento negativo o de la crisis, consiste precisamente en salir de esa lógica que condena, de forma obligatoria, a destruir el planeta para crear empleos. A través del decrecimiento, al contrario, crearíamos empleos salvando al planeta; no sólo porque lo reparamos, sino también porque al reducir nuestro consumo, tendremos que producir menos, y teniendo que producir menos, tendremos que trabajar menos. Así, trabajamos menos, pero trabajamos todos. Lo primero que tenemos que repartir es el trabajo, frente al sistema totalmente absurdo en el que hoy vivimos, en el que incluso en Francia hemos suprimido las 35 horas y los trabajadores hacen 40, 50 o incluso 60 horas, mientras que otras personas que querrían trabajar un poco, no pueden hacerlo. Por otra parte, otras propuestas del decrecimiento, como el regreso a una agricultura tradicional y ecológica conllevará la creación de millones de empleos en este sector. La utilización de energías renovables también los creará, al igual que el sector de la reparación y del reciclaje. Algunos incluso piensan que llegaremos a una situación invertida en la que existirán demasiados empleos y faltará mano de obra, porque evidentemente, al no utilizar más el extraordinario potencial energético del petróleo (no hay que olvidar que un bidón de 30 litros de petróleo es el equivalente del trabajo de un obrero durante cinco años), por lo tanto, si ya no nos queda petróleo habrá que trabajar más. Pero tampoco tendremos que trabajar mucho más, porque reduciremos nuestras necesidades, las cuales trataremos de satisfacer sin trabajar demasiado porque también es muy importante no trabajar demasiado. Trabajar demasiado es muy malo.

D.: La idea de decrecimiento parece estar atrayendo la atención de cada vez más gente.

S.L.: Esto es algo que he constatado, es un hecho, aunque hayamos partido de la nada. El motivo es que, como decían Marx y Engels, los hechos son testarudos. Nos enfrentamos a verdaderos problemas y, como decía Lincoln, se puede engañar a algunos todo el tiempo y a todos algún tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo: en este sentido, por ejemplo, todos los días estamos viendo noticias sobre el cambio climático, la desertificación, etc. Podemos seguir diciendo alegremente que la ciencia resuelve todos los problemas, pero podemos comprobar que la ciencia no ha resuelto nada sobre estas cuestiones. Por lo tanto las personas se están haciendo cada vez más preguntas y buscan alternativas porque están inquietas por ellas mismas, por sus hijos, etc. Y cuando ven todo lo que pasa y oyen lo del decrecimiento se dicen a sí mismos: “En el fondo estas personas tienen razón: es cierto que no podemos crecer indefinidamente en un planeta que es finito, lo que proponen es de sentido común”. Estas son reacciones con las que nos encontramos todos los días.

D.: Carlos Taibo acaba de publicar En defensa del decrecimiento, en el que advierte seriamente acerca del peligro de que pueda surgir una especie de “ecofascismo”. ¿Las opciones se limitan por tanto a decrecimiento o barbarie, tal como titula su libro Paul Ariès?

S.L.: Me temo que así es. Las opciones son: decrecimiento, fin del mundo y barbarie. Y de hecho tampoco tienen porque ser opciones absolutamente exclusivas: la barbarie puede ser la antesala del fin o la amenaza del final puede conllevar la barbarie… Si no logramos construir una sociedad de decrecimiento, de sobriedad voluntaria, basada en una autolimitación, iremos efectivamente hacia la barbarie. Porque la gestión de un medioambiente degradado por parte del capitalismo sólo puede darse mediante una transformación del capitalismo en una forma de autoritarismo extremamente violento, duro, que de hecho ha sido bastante bien explorado por la ciencia-ficción.

TEATRO


Teatro finlandés para niños y jóvenes

por Inmaculada de Juan 

ADE-Teatro nº 131, Julio / Agosto 2010
(Serie: Literatura Dramática, nº 78).

El teatro finlandés posee una larga tradición en teatro infantil y juvenil. Los datos hablan por sí solos, tal y como nos revela Anneli Kurki en la introducción: Cada año se producen 150 nuevos estrenos y casi un tercio de los cuales son obras infantiles, una cuarta parte de las obras incluidas en el repertorio de compañías y teatros profesionales está dirigida a los niños, y en las pequeñas compañías profesionales suponen más de la mitad de su programación. El niño encogido, de Anna Krogerus, Salvaré a Mamá, de Markku Hoikkala y Otso Kautto, Peligro de explosión, de Elisa Salo y El país de los suennios, de Melina Voipio, son las cuatro piezas que componen este volumen y que sirven perfectamente de botón de muestra de este teatro infantil finlandés.
Los dos primeros títulos están claramente orientados a un público infantil. Anna Krogerus en El niño encogido utiliza como base los cuentos clásicos para tocar un tema de actualidad como la preocupación por la preservación del medio ambiente. De ahí que los personajes que construyen la historia nos remitan a la naturaleza en estado puro, en este caso al Bosqueapartado: Abeto Centenario, Búho Boliche, Roble, Liquen, etc., sin olvidar a los personajes clásicos de la cuentística finlandesa: gnomos, trolls,... A su vez, este enfoque ecológico le permite indagar en otra cuestión, en el proceso de maduración al que se ve abocado Joel, el niño protagonista y héroe de la historia, al enfrentarse a una nueva situación familiar: la convivencia con la nueva pareja de su madre, acontecimiento bastante común en la sociedad desestructurada en que vivimos pero que supone un pequeño "drama" particular para quienes lo sufren.
En el caso del escritor Markku Hoikkala y el director Otso Kautto, su punto de partida para la creación de Salvaré a mamá, tal y como se nos comenta en el prólogo, es un vestido, un elemento teatral. La diseñadora de vestuario de la compañía Quo Vadis, fundada por los dos autores que nos ocupan, creó un traje de cuyos materiales y colores salieron varios pasajes de la obra. A través de un estilo visual y muy poético, nos cuentan la aventura de una niña pequeña que salva a su madre, presa de Azul, cruzándose en el viaje con diferentes criaturas que le causan miedo (el pirata, la mujer-hombre de las nieves, etc.). Durante este proceso de búsqueda del malvado Azul que tiene prisionera a su madre, aparece un mundo nuevo ante ella, y consecuentemente surge el miedo a lo desconocido. Paso a paso irá superando sus miedos infantiles y gracias a ello, conseguirá la liberación de su madre de ese azul, que representa la tristeza. Otra historia dedicada a los más pequeños que incita a la superación personal.
Mientras que Peligro de explosión de Elisa Salo y El país de los suennios de Melina Voipio están dirigidas a un público juvenil, adolescente. El mismo título, Peligro de explosión, es bastante evidente. Nos remite a esa edad tan conflictiva, en la que las hormonas provocan continuos desajustes físicos y psicológicos. A través del universo real y el universo virtual de "El Jardín" (ejemplo ficticio de red social tipo "facebook" o "tuenti"), por los que transitan los adolescentes de esta obra, se nos muestran sus desórdenes alimentarios, de comunicación, sexuales y de confianza en sí mismos. Las relaciones con los adultos que les rodean se caracterizan por la incomprensión mutua y la desorientación de los padres, que la mayor parte de las veces es tratada desde un punto de vista cómico. Elisa Salo ofrece un acertado panorama de lo que supone ser adolescente hoy en día, en la era de internet y en un tiempo en el que el canon de belleza imperante se ajusta a una delgadez extrema.
Por último, en El país de los suennios se nos presenta a una familia monoparental formada por Kalle, el padre, y su hijastro Anssi, que sobrellevan juntos a duras penas la pérdida de la esposa / madre respectiva en un accidente de avión. A esta circunstancia se suman las dificultades económicas por las que atraviesa su hogar al contar únicamente con un sueldo, una estructura familiar que estadísticamente tiende aumentar debido a los cambios económicos y culturales de nuestra sociedad. Esta precaria estabilidad se verá puesta en peligro con la aparición de Maisa, hermanastra / hija. Tal y como reza el subtítulo "Una historia alegre sobre cosas serias para niños de 8 a 13 años".
Este libro supone una breve pero variada degustación de teatro infantil y juvenil finlandés para nuestro deleite y aprendizaje. No dejen de probarlo

CARTELERA

No más / Rocha (La Jornada 10-enero-2011)